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El síndrome postvacacional: ¿Existe realmente?

El síndrome postvacacional, ha sido definido como un conjunto de síntomas que se producen al regreso de las vacaciones, al trabajo o al estudio. Entre estos síntomas se mencionan generalmente debilidad generalizada, somnolencia, desmotivación, desidia y hastío, dificultades para concentrarse, para organizarse y tomar decisiones, irritabilidad, tristeza y, en algunos casos, insomnio.

Psiquiatras y psicólogos han intentado definir este “síndrome” como una enfermedad, argumentando incluso que puede desencadenar una depresión y advirtiendo que, en algunos casos debe ser tratado con medicamentos.

De acuerdo a la evidencia existente al respecto, el síndrome postvacacional no existe como enfermedad y, se trataría probablemente de uno más de los procesos normales de la vida que se han “patologizado”. Con esto me refiero a la tendencia actual de la psiquiatría y de otras ramas de la salud, de definir situaciones y condiciones normales, pero desagradables o problemáticas, como enfermedades que requieren tratamiento, cuando en concreto no lo son.

El denominado “síndrome postvacacional” es una respuesta normal del ser humano a un cambio en las rutinas y, probablemente, no es más que un resultado y un síntoma del estilo de vida actual, basado en la competitividad, el exitismo, el consumo excesivo y la búsqueda permanente del placer.

Durante las vacaciones nos liberamos de los horarios y tareas propias del trabajo, el colegio, la casa, la universidad o el instituto. Despertamos y dormimos en horarios más libres, realizamos actividades diferentes y placenteras, nos desconectamos de las responsabilidades propias de nuestra actividad y nos centramos únicamente en disfrutar. Es por eso que volver a la rutina puede parecernos incómodo, difícil, e incluso desagradable. Sin embargo, los síntomas descritos con anterioridad son sólo parte del período de adaptación, pues claramente hay una resistencia normal a volver a la rutina.

La duración de este “síndrome” o, período de adaptación, es variable, necesitándose generalmente entre 3 días y una semana para adecuarse al ritmo normal de estudio o trabajo.

Cabe tener en consideración que, cuando se trata de un rechazo excesivamente marcado a volver a la rutina, es necesario cuestionar el estilo de vida que estamos llevando. En ese caso, probablemente debemos revisar si lo que estamos haciendo nos gusta, si preferiríamos estar en otro lugar o realizando otra labor y comenzar a ver las posibilidades de cambiarnos de empleo o modificar nuestra actitud.

El desafío, es por tanto, hacer de nuestro día a día un disfrute. Comenzar a poner atención en aquellas costumbres o rutinas que están siendo poco sanas o desagradables e intentar cambiarlas o compensarlas a través de cosas que por simples que sean, pueden añadir agrado a nuestro diario vivir. Como por ejemplo, caminar hacia o desde el trabajo por un lugar bonito, descansar entre tareas tomando una rica infusión, escuchando música o simplemente cerrando por un instante los ojos y concentrándonos en respirar. Estirarse cada cierto rato, conversar con alguna persona en el trabajo cuya compañía sea de nuestro agrado, ponernos metas interesantes, planificar cosas nuevas para el período que se inicia, etc.

Dependiendo de los intereses de cada persona existen alternativas que pueden aliviar este choque entre las vacaciones y el regreso a la rutina. Se recomienda que los días antes se intente retomar algunos horarios y tareas para que el cambio no sea tan abrupto. Asimismo es importante no volver de las vacaciones directamente a trabajar o estudiar. Otro consejo cuando retomamos nuestras rutinas, es tratar de mantener alguno de los hábitos que adquirimos en vacaciones, como dejar espacio para la lectura.

Una alternativa es parcelar el período vacacional en dos o tres partes, de manera que puedan distribuirse a lo largo del año. Esto ayuda a que al regresar de las vacaciones, sepamos que siempre existe un nuevo período.

Otra decisión acertada puede ser mantener ciertas actividades o aficiones que se hayan iniciado durante las vacaciones y que sea posible realizar también durante el año. Es bueno, además, planificar actividades divertidas, que se encuentren dentro de nuestras posibilidades para los fines de semana.

En el trabajo y en el lugar de estudio es útil mantener una actitud positiva, recordando por qué lo estamos haciendo y para qué sirve lo que hacemos.  Debemos tener conciencia de que si estamos en el lugar que estamos y realizamos tal o cual ocupación es porque, por una razón u otra hemos optado por hacerlo. No es bueno pensar en que “es lo que me tocó” o “no tengo otra alternativa”, pues alternativas siempre hay. De este modo nos estamos responsabilizando por nuestras decisiones y dejamos de quejarnos del destino o la mala suerte, asumiendo el control de nuestras vidas y viéndonos de un modo más positivo y esperanzador.

Sugiero finalmente entonces, dejar de buscar enfermedades donde no las hay y que nos orientemos positivamente hacia nuestra ocupación, manteniendo rutinas sanas y agradables que nos permitan disfrutar más de nuestra vida, tal cual es.

Fuente : http://www.guioteca.com/psicologia-y-tendencias/


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