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El proceso del Duelo y la Fe
Del duelo no se sale de la noche a la mañana. Es un arduo proceso de sanación porque la persona se está enfrentando a la elaboración de una tarea aplastante y lenta de reajuste, con muchos altibajos anímicos, sin atajos, con no pocos obstáculos, sin anestesia y con muchas heridas sangrantes que han de cicatrizar. Además, a la vez que se "trabaja" el sufrimiento, se convive con él; a la vez que se desligan afectos se han de formar nuevas relaciones.
He aquí los pasos, tiempos, temática, metodología y dinámicas que se utilizan en "Resurrección", grupo de mutua ayuda para familiares en duelo (1). (1) Cfr. Mateo Bautista. Resurrección. Grupo de mutua ayuda para familiares en duelo. Ed. San Pablo, Buenos Aires.
1.- La importancia de desahogarse: acogida del mundo emotivo.
El corazón acribillado por la pena y la ausencia, por la extrañeza y el apego, tiene mucho que decir y mucha urgencia. Siente emociones tan fuertes que le parece que va a enloquecer si no puede confiar lo que le pasa y siente a alguien. Va a hablar constantemente del ser querido muerto: de cómo era, de sus proyectos truncados, de los últimos días, de sus sufrimientos o modo de muerte. Parece necesario expresar la imposibilidad de vivir sin quien se murió. Se ve sólo la muerte, la ausencia, lo que se pierde. Todo mira hacia atrás. El tiempo parece pararse, como si hubiera una regresión en el tiempo.
En los primeros tiempos hay que evitar dar respuestas. El corazón dolorido está más para hacer preguntas vitales en busca de sentido que para recibir respuestas "racionales". Hay que dejar que el corazón afligido saque a flote sus penas, comunique sus posibles broncas, manifieste su desconcierto vital, exprese culpas, refleje miedos, confiese crisis de fe, con toda libertad. Hay que aceptar el mismo desahogo muchas veces. Y el desahogo reiterativo de las "imágenes temidas": los momentos del sufrimiento, el accidente... Es saludable permitir que se sienta lo que se siente, aunque las palabras y los sentimientos sean contradictorios, irracionales e ilógicos, y se cambien de un día para el otro. Quien no "se llore todo" hacia fuera es difícil que después llore hacia dentro autoconfrontándose.El sentir tiene su propia lógica.
Cuando los "consejos" del ayudante tienden a que la persona no dé cauce libre a sus sentimientos, se debe a la dificultad de pensar en las necesidades del doliente y de ponerse en su lugar. Son el producto de la propia incapacidad e incomodidad anímica para hacer frente a los fuertes sentimientos de pena, tristeza, bronca, miedo... de la persona sufriente.
El grupo de mutua ayuda, con gran actitud de escucha permitirá que el corazón dolorido se desahogue, considerando prudentemente el bien del grupo en su totalidad. No obstante, el que nada constantemente en el sufrimiento y sólo se desahoga, sin confrontarse, termina por ahogarse en el sufrimiento de su propio duelo. Por eso hay lágrimas a tierra (desesperación) y lágrimas al cielo (esperanza).
2.- Aceptar las fases del sufrimiento y sus reacciones
Según el tipo de personalidad, experiencia del sufrimiento y de otros duelos, los recursos propios y las relaciones interpersonales habidas, así será el paso por las fases y las reacciones ante la muerte de seres queridos (1).
Una imagen plástica puede representar lo que acaece en el interior de una persona en duelo: es como un vaso arrojado al suelo y hecho mil añicos.
¿Se va a recomponer? ¿Cómo? ¿Quedará como antes? ¿Volverá a ser útil para todo y todos o, por el contrario, se hará más añicos? Un mundo extraño de reacciones físicas (corporales) se va a mezclar con las psicológicas, sociales, mentales y espirituales.
La tristeza con llanto, las mil preguntas con silencio, la esperanza con desconcierto, la búsqueda de paz con bronca, el temor y la angustia con deseo de superación, todo ello pasa por la mente y el corazón de una persona en duelo.
Algunas personas se horrorizan porque creen que ya son insensibles e indiferentes ante cualquier sufrimiento, como que el sufrimiento ajeno no les afecta como antes.
La desmotivación es más que evidente. La persona dolorida se desgarra, pierde autoestima, deja de creer en sí, no encuentra razones vitales de futuro...
- Si sigo adelante, es porque me quedan otros hijos...
Normalmente, no se menciona nunca al otro cónyuge. La motivación, inicialmente, no surge de uno mismo sino que viene de otros seres queridos. Hay que ir aceptando estas reacciones pero también tomando clara conciencia de sus posibles consecuencias negativas para la persona.
3.- Identificar los obstáculos
Ciertamente no se elige el sufrimiento ante la muerte de un ser querido pero sí se puede elegir qué actitud tomar para salir de la cripta de dicho sufrimiento.
¿Qué actitud ha de tomarse ante los obstáculos? Hay que identificarlos para ir superándolos uno por uno. En el principio del proceso del duelo surge la creencia de que los grandes obstáculos están fuera de uno mismo. Y no es tan así. Los obstáculos son también, y sobre todo, muy interiores y personales.
Un gran obstáculo es querer sólo aliviarse y no sanarse a fondo. También no aceptar que hay que sufrir sanamente para dejar de sufrir. En los duelos no hay anestesias totales. Aceptar de los otros una relación de ayuda paternalista, que se reduzca a permitir el mero desahogo de los sentimientos sin llegar a una sana confrontación empática, en nada ayuda.
Serios obstáculos son: aislarse, no compartir familiarmente el proceso del duelo, no expresar los sentimientos, desaprovechar la fe, ir a una hiperactividad, no pedir ayuda ni dejarse ayudar, considerar que hay temas tabú, bajar los brazos ante la desmotivación, esperar soluciones mágicas, hacerse la víctima, aceptar que no hay salida, no querer ser feliz, entrar en un estado de ánimo distímico...
Otros grandes obstáculos: no incorporar el "cuidarme", no manejar el estrés, no evaluar el propio sufrimiento, producir sufrimientos añadidos", hacer individualmente el duelo, vivir la inevitable soledad como "solitariedad"...
Todo obstáculo que no se afronte, confronte y se supere será una fuente continua de sufrimiento. El sano duelo no da saltos ni deja asignaturas pendientes en ese nuevo aprender a vivir. No se puede dejar el sufrimiento a la deriva.
4.- El lenguaje usado
El impulso íntimo de no abordar la dura realidad impide llamar a las cosas por su nombre y sobreabundar en eufemismos: - Se fue. - Partió. - Nos abandonó. - Decidió irse. - Lo perdimos.
Las mismas páginas del necrológico emplean expresiones como éstas:
- Ha desaparecido.
- Dejó este mundo.
- Obitó.
- Faltó al afecto de sus seres queridos.
- Pasó al eterno descanso.
Expresiones que, cuidadosamente, evitan utilizar la expresión morir. Lo mismo sucede en los casos de suicidio, situación tan lamentable.
Pareciera que utilizar el término morir fuese una crueldad para con los deudos. Sin embargo, partir lleva consigo la posibilidad de volver; perder, de reencontrarse.
Los eufemismos, inicialmente, pueden ser un recurso de suavización que necesite la psicología humana pero que, a la larga, son conceptos que retrasan el camino de la sanación.
El coordinador de un grupo de mutua ayuda nunca debe emplear estos eufemismos, aunque sean utilizados por las personas en duelo durante la misma conversación. Tal actitud resultará provechosa a quien sufre para ir aceptando, poco a poco, la realidad de la muerte.
El sano lenguaje utilizado es fiel reflejo de la aceptación de la realidad y de una auténtica elaboración del sufrimiento. Cuando el doliente pueda decir "mi ser querido se murió" estará en un momento cualitativo de la elaboración de su duelo.
Fuente: http://www.redsanar.org/
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