• Aspectos emocionales de la enfermedad inflamatoria intestinal

    La colitis ulcerosa de Crohn clásicamente ha estado relacionada con los mecanismos denominados psicosomáticos que, entre otras cosas, facilitan la comprensión y manejo del llamado modelo biopsicosocial, más amplio que el biomédico tradicional.

    Si bien no existe suficiente claridad respecto de la existencia de rasgos específicos de personalidad, en cambio se conoce mejor la relación entre estrés y cambios sintomáticos y ha sido mejor documentada, en especial respecto de la enfermedad de Crohn. El estrés de la vida cotidiana, más que los acontecimientos específicos y dramáticos, tendría mayor relevancia en la evolución. Teóricamente es posible suponer que el estrés ambiental provoca modificaciones en el sistema nervioso y por medio de neurotransmisores y neuro-péptidos, modificaría el sistema inmune y neuroendocrino, que a su vez pueden alterar la mucosa digestiva.

    Varia investigaciones han demostrado la coexistencia de patología psiquiátrica en estas enfermedades digestivas, sobre todo en la enfermedad de Crohn. También se ha visto que los síntomas psiquiátricos afectan de modo adverso la evolución de la enfermedad intestinal, pero también se sabe que la gravedad de esta última se relaciona en forma proporcional con el grado de compromiso funcional de la persona afectada (trabajo, sueño, recreación e interacción social)

    Así como en diversas enfermedades somáticas, existen factores psicosociales que favorecen la mejoría en estos cuadros inflamatorios intestinales, en especial una buena red de soporte emocional y social (familia y amigos); pero también otros factores pueden afectar negativamente la evolución, en especial una conducta persistente de ganancia secundaría, que le permite al paciente obtener los presuntos beneficios de evitar responsabilidades laborales, sociales o familiares, actitud que tiende a perpetuar la enfermedad al no asumir la mejoría.

    Como siempre el punto inicial y fundamental es establecer una alianza terapéutica, para lo que se debe conseguir una buena relación médico-paciente cuya base es la seguridad y el interés demostrado por el clínico, así como la confianza y tranquilidad del enfermo. Es importante recoger las quejas y problemas del paciente en relación a su enfermedad, a sus dificultades emocionales y conflictos interpersonales, ya que sobre ellos deberá discutirse posteriormente, y constituirán la base del plan terapéutico compartido.

    El tratamiento deberá ser analizado y discutido, sobre todo en relación a los efectos colaterales, que pueden ser temidos por el paciente, a veces sobre bases poco realistas. De esta manera, se incrementa la “compliance”, asegurando la responsabilidad y disminuyendo la dependencia del paciente respecto de su médico.

    Los aspectos educativos se inician con la comunicación al paciente de que la enfermedad probablemente no será curada, pero que los síntomas pueden ser controlados. En ocasiones algunos enfermos desean recibir información y solicitan se les sugieran lecturas sobre el tema, en cambio otros pueden sentirse incómodos o angustiados si se les obliga a leer material educativo.

    El manejo psicológico individual puede incluir la enseñanza de algunas técnicas de relajación. También se ha demostrado la utilidad de contar con apoyo emocional, proporcionado por diversos profesionales, desde orientadoras, pasando por enfermeras y psicólogos, incluidos médicos y psiquiatras interesados en el tema. Básicamente lo que los enfermos necesitan es hablar sobre la enfermedad y sus consecuencias con alguien que esté dispuesto a escucharlos y dar consejos.

    A veces, resulta urgente realizar una “intervención (psicológica) en crisis”, lo que permite reducir la ansiedad y en ocasiones identificar algunas causas emocionales como posibles desencadenantes de la acentuación de los síntomas digestivos, cuyo manejo puede contribuir al alivio psíquico y mejor manejo de los síntomas, así como del tratamiento médico por parte del paciente.

    En especial, pueden ser eficaces los fármacos antidepresivos por medio de sus efectos inespecíficos tranquilizantes y analgésicos en dosis relativamente bajas. Debido a la relativa frecuencia con que aparecen síntomas depresivos importará realizar un correcto diagnóstico diferencial entre el abatimiento normal y una depresión mayor, en cuyo caso se requerirá un tratamiento farmacológico antidepresivo en dosis adecuadas y/o psicoterapia breve.

    Como siempre, los tranquilizantes deben ser empleados por períodos breves con la intención de aliviar el insomnio y la ansiedad, pero es preferible emplear antidepresivos, incluso por su efecto tranquilizante, además de su acción analgésica central.

    Dr. Pedro Retamal C.
    Director del Departamento de Psiquiatría. Campus Oriente
    Facultad de Medicina. Universidad de Chile

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